Valor sentimental es una película (2025) noruega de comedia dramática dirigida por Joachim Trier, que escribió el guion junto con Eskil Vogt. Está protagonizada por Renate Reinsve, Inga Ibsdotter Lilleaas, Stellan Skarsgård, Elle Fanning y Cory Michael Smith.
Es una película profunda que aborda muchos aspectos difíciles de poner en orden y en palabras. Aborda las memorias heridas de una familia que se separa pero que no dejan de reconocerse en sus grietas de dolor, en sus derrumbes y en sus alegrías. Gira principalmente en torno a Gustav Borg, un director de cine envejecido, arrogante que está en declive. Es el padre que abandona y que no cesa de recibir reproches por tal comportamiento de parte de sus dos hijas. Se marcha después de la muerte de su exmujer con su nueva esposa. Regresa a la casa familiar a reunirse con sus hijas, la casa es otra protagonista viviente, simboliza al hogar que una vez fue y ahora se muestra vacía y destruida. También se muestra refulgente de recuerdos y vida, alberga la contradicción que habita la familia.
Sus dos hijas adultas Nora (Renate Reinsve) actriz de teatro célebre pero frágil emocionalmente y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleas) más estable, madre de un pequeño hijo varón y académica. Se reúnen con su padre para evaluar la posibilidad de vender la casa y ordenar ciertos recuerdos, dejar atrás las heridas, pero se desbordan y llegan a desencadenar batallas donde el deseo y la culpa trituran la belleza. Gustav intensifica el conflicto al querer rodar una película autobiográfica sobre su madre en la misma casa. La madre de Gustav fue una mujer marcada por la tortura durante la ocupación nazi y tiene la brillante idea de pedirle a Nora que interprete el papel, Nora se niega. Un gesto provocador del padre, un pedido de absorber un trauma a una hija afectada emocionalmente, que él nunca pudo resolver.
Es la posibilidad del cine que Ingmar Bergman explota en su obsesión por las máscaras, las confusiones de identidades entre actor y personaje real. Un acto que puede ser cruel. Sin embargo, en esta trasmutación, siendo un yo sin serlo, puede haber la posibilidad de un encuentro, como Woody Allen lo expresa en sus películas, una imposibilidad del control de los afectos. Diálogos que contiene palabras como cuchillos y silencios sanadores. La imposibilidad de decir lo esencial. Hay una posibilidad de entendimiento efímero si se sabe actuar.
Las secuencias argumentativas son también huidizas como lo es el padre protagonista, la película brinca de una playa en Francia, a un escenario teatral y a un apartamento en Noruega. Pero allí está la casa que espera una resolución, un final. Una casa que cambia también sus estados anímicos. La que no aprisiona, pero tampoco deja escapar.
Trier hace una apuesta por el humanismo, no juzga a nadie. Una historia desgarrada en la que todos están llenos de dolor, hay una tristeza abarcadora y sin embargo abre la posibilidad, a través de una película de hablar, de tocarse, de recordar el amor y de confiar en un futuro. Hay un niño en la familia por el que apuestan por un mejor futuro. Comienza el movimiento en el campo del amor. Se abre la posibilidad de volver a ser una familia feliz hasta donde se puede, por lo menos a rato recordar los momentos que tuvieron felices cuando eran pequeñas las hijas.
Trier entiende la alegría que siempre subyace, es imprevisto como lo es el final de la película que hace interrogar qué de lo visto estaba sucediendo y qué era actuación dentro de la actuación. ¿Somos nosotros los espectadores también otro plano actoral?
Hay que buscarla.



